27 ago 2024

Las huellas del pasado en Laguna Azul

Comienza el día con un cielo límpido en Río Gallegos, capital de la provincia de Santa Cruz. Nos dirigimos hacia el sur, a 62 kilómetros de la ciudad. Se nos presenta por delante la Ruta Nacional 3, entre los cerros bajos que constituyen la geografía del lugar, desgastados por el paso del tiempo, alisados por el viento y aplastados como si estuvieran agobiados de soportar su propio peso.

Santa Cruz es sinónimo de inmensidad. Es la segunda provincia más grande de Argentina, con una superficie en kilómetros cuadrados tan grande como la del Reino Unido. Y es también al mismo tiempo la más deshabitada. Y para el viajero eso se nota a la legua.

Pocos lugares quedan en el mundo donde uno puede apreciar en toda su plenitud la magnitud de la naturaleza; en la que se tenga la sensación de ser único testigo del despliegue de la flora, fauna y geografía al unísono, en acordes que parecen formar parte de una composición de música sacra.

Basta con salir apenas de cualquier poblado o ciudad para toparse con un horizonte de planicies interminables totalmente vacías, cubiertas por un tapiz irregular de pastos ralos llamados coirones y casi nada más, excepto las cadenas montañosas que se levantan en la lejanía. 

Cuando Charles Darwin recorrió Argentina durante casi un año en 1832, dejó plasmado en su Diario de Viaje sus impresiones de esta parte de la Patagonia.


Este es un paisaje solitario y aislado. No hay árboles. Todo lo que puedes encontrar, si tienes suerte, es un guanaco que parece estar en guardia, vigilando en lo alto de un cerro. Aunque casi no se ve ningún otro animal ni siquiera un pájaro, atravesar este desierto donde no se encuentran objetos para mirar te da un gran placer y te hace preguntarte: ¿qué edad tiene esta meseta? ¿Alguna vez se ha visto de esta manera? ¿Cuánto durará esta desolación?

¿Quién puede responder estas preguntas? Todo lo que nos rodea parece eterno. Sin embargo, las misteriosas voces que se escuchan en estas inmensidades suscitan terribles dudas”.

Hay algo atractivo en las cosas que no tienen explicación, los misterios, lo secreto. Un arcano, que es otra forma de decir lo que la mente humana no puede descifrar. Es lo que uno siente al llegar a la Reserva Geológica Laguna Azul, entre volcanes y ecos ancestrales.


La primera impresión es que estamos en un lugar donde el tiempo se detuvo. Las rocas y la lava volcánica dan cuenta de lo que fue antaño esta parte de la Patagonia Austral.


Por estas tierras, solitarias y barridas por el viento, caminaron los aonikenk o tehuelches, nómades que se desplazaban por la Patagonia, entre el río Santa Cruz (Argentina) y el Estrecho de Magallanes (Chile). Buscaban guanacos, ñandúes y otros animales que conformaban su dieta alimenticia. En pleno corazón de la fría estepa patagónica, donde pareciera no haber nada, la tierra atesora muchas historias.

Pali Aike, “lugar desolado de los malos espíritus”, es como los tehuelches llamaron a esta inmensa zona de 4500 kilómetros cuadrados. Debido a sus formaciones, los tehuelches creían que el lugar era frecuentado por espíritus oscuros. El campo volcánico Pali Aike está ubicado entre el límite de la provincia de Santa Cruz y la región chilena de Magallanes. Según los expertos, se estima que las últimas erupciones volcánicas ocurrieron hace más de 10000 años.


El campo volcánico Pali Aike está formado durante tres ciclos geológicos diferentes. El más antiguo sucedió hace 3.8 millones de años, formando una meseta de lavas basálticas, con aproximadamente 4500 km2. Mientras que el segundo formó conos como Pali Aike, hace 130000 y 17000 años. Por otra parte, el último ciclo ocurrió hace 4000 a 3000 años y fue el que dio origen al cráter donde se encuentra la Laguna Azul.


La sensación de infinitud de la estepa uniforme se disipa en esta región extrema, donde se dibujan las geométricas siluetas de volcanes apagados, conos de escoria (fragmentos de lava apilados alrededor de las chimeneas volcánicas), crestas y coladas de lava sobre rocas de basalto.


Tras un período de convulsiones telúricas, 8000 a 7000 años antes del presente, llegaron nuevos grupos humanos que posiblemente fueron los antecesores de los tehuelches, nómadas, cazadores recolectores que vivieron hasta entrado el siglo XX. Los indicios del poblamiento humano en la zona, se evidencian en rastros culturales hallados, como instrumentos óseos y líticos, pinturas rupestres y sepulturas.

Del otro lado de la frontera, en territorio chileno, es posible ver las cuevas que los tehuelches utilizaron como refugio. Excavaciones en los sitios arqueológicos “Cueva Pali Aike” y “Cueva de Fell” han demostrado la temprana presencia humana en esta parte de la Patagonia. Los restos encontrados permitieron a los arqueólogos estimar que el ser humano habitó esta zona hace más de 8000 años.


Laguna Azul provoca que la imaginación vuele.  Me viene a la mente el célebre aviador francés Antoine de Saint-Exupéry, el autor de “El Principito”, quién voló por la Patagonia cumpliendo servicios para la Aeroposta Argentina, inaugurando el vuelo a Río Gallegos. Al volar por la zona, le llamó la atención las abundantes evidencias de actividad volcánica. Describe en su libro “Tierra de hombres” los centenares de cráteres que imagina arrojando en el pasado grandes cantidades de lava.

La caminata por el campo volcánico de la parte superior se vuelve un imprevisto desafío, que demanda superar las afloraciones puntiagudas de lava, gruesas capas de basalto, manchones negros dejados por fogatas y las amenazantes espinas de pequeños arbustos, como coirón y calafate. El sol acentúa el intenso color de la superficie del agua, un fenómeno originado en la ausencia de piedras en el fondo. Caminamos por un sendero unos 100 metros hasta bajar hasta la laguna.


Laguna Azul tiene también sus mitos. Uno de ellos sostiene que la laguna no tiene fondo y que está conectada con el Océano Pacífico. Sin embargo, geofísicos indicaron que tiene una profundidad cercana a los 100 metros. 

Por otra parte, hay quienes también aseguran que el lugar es visitado en ocasiones por ovnis y también otras personas mencionan que en la laguna existe un pez ciego, al que denominan Epuyén y lo consideran un pez monstruo, porque cuando es pescado por una persona, se deforma debido a la diferencia de presión.

En los últimos años, la belleza del lugar atrae fotógrafos y amantes de la naturaleza por igual. Es también considerado un campo magnético, donde personas relacionadas con lo esotérico y místico llegan para contemplar el paisaje y conectarse con lo espiritual. Nada es casual por estas tierras y todo tiene una razón. En el caso de Laguna Azul hay muchas razones para visitarla y dejarse deslumbrar por su belleza.

 

 

22 ago 2024

Cabo Vírgenes y sus historias

En el último punto de la Argentina continental, funciona desde 1904, el solitario faro de Cabo Vírgenes. Nos encontramos en la Patagonia Austral, donde el océano Atlántico se une con el Estrecho de Magallanes. Cabo Vírgenes es una tierra de extremos, un lugar de una naturaleza indómita. Y es también un lugar con muchas historias y personajes legendarios.

El 15 de abril de este año se cumplió un nuevo aniversario del mítico faro de Cabo Vírgenes. Desde 1904 guía a las embarcaciones en el extremo sur del continente. Un hito fundamental para los navegantes en una parte del mundo donde ocurrieron centenares de naufragios a lo largo de la historia.

Fue construido por la firma francesa Barbier, Bénard y Turenner, la misma que construyó la Torre Eiffel de París. Es alimentado con electricidad y guía a los barcos en la oscuridad de la noche cada cinco segundos con un alcance de 24 millas náuticas (44 km).

Inicialmente funcionaba con vapor de petróleo y en 1930 se cambió a gas de acetileno. Años después, el 20 de marzo de 1978, se modificó a sistema eléctrico y hasta la actualidad cumple un rol de vital importancia en la zona ya que permite a los buques nacionales e internacionales tener una referencia geográfica y poder navegar en forma segura en la boca del Estrecho de Magallanes.

Al lado del faro, y dependiente de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral (UNPA), se encuentra el Museo de Cabo Vírgenes, una máquina del tiempo hacia el pasado. Fue inaugurado en diciembre del año 2003 y se mantiene a la fecha como el baluarte del lugar.

Cuenta una enorme historia de todos los exploradores que llegaron al lugar y que forjaron los primeros pasos en la Patagonia. Reúne objetos, documentos oficiales, información, datos históricos y cartografía del lugar; En este sentido se refaccionaron otras dos viviendas para albergar a los investigadores que cada año desarrollan trabajos de campo en el extremo sur de Argentina.

Si uno observa detenidamente un mapa de Argentina y detiene la mirada en el extremo sur de la parte continental, verá a la derecha que el territorio termina en una pequeña punta con un ángulo muy cerrado. Los navegantes de antaño denominaron a esta clase de formación “cabo” y este en particular fue denominado Cabo de las Vírgenes.

El nombre “Cabo Vírgenes” deriva en honor a la fecha en que Hernando de Magallanes llegó por primera vez a estas tierras. Al ser un 21 de octubre de 1520 se celebraba el día de las Once Mil Vírgenes, y de aquella celebración surgió su nombre.  El cronista de Magallanes, el italiano Antonio Pigafetta anotó en su diario de viaje que: "Atravesamos en el día de las once mil vírgenes un estrecho, el cabo del cual llamamos Cabo de las once mil vírgenes". 

Stefan Zweig, describe el acontecimiento en su célebre libro Magallanes: la aventura más audaz de la humanidad: “Los buques se aproximan a ese paisaje singular, imponente y severo. Lo constituyen montes escarpados de aspecto inquieto, y a lo lejos, altas cimas cubiertas de nieve, un panorama completamente nuevo en ese viaje. ¡Pero cuán muerta está esa extensión! No vive en todo el contorno un solo ser humano, apenas si ha crecido aquí o allá algún árbol o arbusto. Sólo el viento silba y zumba constantemente sobre el silencio rígido de esta bahía espectralmente desierta”.

Con la aparición inesperada de piratas ingleses y holandeses, el estrecho de Magallanes adquirió la función de espacio de control de la circulación enemiga hacia el océano Pacífico. Los españoles, preocupados por defender sus posesiones en el Perú, en tanto proseguían la frenética búsqueda de otras fuentes de riqueza, eran observados por Inglaterra, siempre ávida por establecer una base en la Patagonia.

En el año 1529, el emperador Carlos V, que necesitaba dinero para proseguir la guerra en Francia, firmó el Tratado de Zaragoza y cedió a Portugal el derecho español sobre las Molucas, con lo cual realizó una provechosa venta de territorios extranjeros. Descartado el objetivo asiático, se producen los primeros intentos de colonización de la región patagónica, a fin de establecer el dominio hispánico en el área del estrecho.

El abandono del estrecho se vio alterado por la llegada en 1578 del temido corsario inglés Francis Drake, el “pirata de hierro” de la reina Isabel. La aspiración del colonialismo inglés de explorar las tierras australes, ya presentes en los planes expansionistas de Richard Grenville hacia 1575, proseguía con este viaje que combinaba el descubrimiento y la piratería.


Los navegantes casi no tenían información sobre la región sureña: contaban apenas con el relato de Pigafetta. Sobre la expedición de Drake quedaron diversas relaciones, principalmente la de Francis Fletcher, quien destacó la dificultad del cruce el estrecho debido a los continuos cambios geográficos durante el recorrido.

Ciudad del Nombre de Jesús

A tan sólo 3 kilómetros de Cabo Vírgenes, se estableció el primer asentamiento de origen español en la Patagonia. En la actualidad, no hay restos visibles de la antigua población, sin embargo, un monolito conmemora el hecho histórico.

Fue el explorador español Sarmiento de Gamboa, quien, en 1584, fundó la ciudad del Nombre de Jesús. La corona española le había encomendado la misión. Nadie podía imaginar, ni los más pesimistas, que sería el “viaje más desafortunado de que haya memoria”, según el historiador chileno Armando Braun Menéndez. 

En octubre de 1579, Sarmiento de Gamboa fue nombrado capitán superior de la expedición de reconocimiento al Estrecho de Magallanes. No sería fácil juntar a los marineros y soldados necesarios para participar en una expedición de reconocimiento desprovista de interés comercial.

Dada la confusión de bocas y canales para ingresar al Estrecho, la ruta por el mar del sur era más complicada que la entrada atlántica. Pero se imponía “cerrar aquel paso para guardar estos reinos antes que los enemigos lo tomen”, como lo formuló Sarmiento con su tenaz noción de servicio al rey y al virrey.

Los colonos llegaron a Cabo Vírgenes el 4 de febrero de 1584, fundando el asentamiento “Nombre de Jesús”, el once del mismo mes. En marzo del mismo año, Sarmiento de Gamboa fundó una segunda ciudad, “Rey Don Felipe”, dentro del estrecho de Magallanes, muy cerca de la actual ciudad chilena de Punta Arenas.

Un grupo de 338 personas llegaba a su destino para enfrentar la tierra patagónica. “Enfrentar” es la palabra exacta, pues se estableció una lucha contra el frío, el viento constante y la escasez de alimentos, a lo que se sumaban incidentes ocasionales con los indígenas.

La fundación del asentamiento Ciudad de Nombre de Jesús el 11 de febrero de 1584, en la boca oriental del estrecho de Magallanes (hoy Punta Dungeness), da lugar al típico ritual formalista de la conquista de nuevos territorios. Se toma posesión ante escribano, se arbola una cruz donde sería construida la iglesia y en la plaza se pone el árbol de la ejecución de la justicia. El desconocimiento de la región por parte de los pobladores anuncia tragedias. Allí se materializan las dificultades de la colonización a un grado extremo.

“Chapetones” es un término despectivo que designa al peninsular español que llegaba a América y que por desconocer las costumbres tenía problemas para adaptarse. Tal desconocimiento por parte de los chapetones anuncia tragedias en la región austral del continente americano. La tierra se impone sobre la voluntad imperial de la organización, desbarata ideales y liquida cualquier sueño de enriquecimiento. Los chapetones se ven forzados a luchar por su supervivencia.

Casi sin comida y con una tormenta persistente, Sarmiento de Gamboa se dirigió a Brasil con 42 personas y abandonó a los colonizadores. Desde Río de Janeiro intentó volver al Estrecho de Magallanes transportando a bordo mantenimiento y algo de ganado para cría, pero fracasó debido a una tempestad.

Sarmiento enfrentó rebeliones en Brasil y redactó decenas de cartas a su majestad. Mensajes de socorro y de urgencia, en los cuales advierte que estaba imposibilitado de acudir al estrecho tanto por tierra como por mar, y que la ayuda no podía demorar.

En caso de tardanza, temía lo peor para los colonos en el estrecho. Sin recibir el auxilio esperado y sin recursos propios, Sarmiento retornó a España a fin de solicitar la intervención de Felipe II. La expedición de Sarmiento había sido un fracaso absoluto y este nunca volverá al estrecho de Magallanes ni reencontrará a los colonos abandonados. Sarmiento falleció en 1592 sin tener noticias del destino de los colonos. El cronista Antonio de Herrera sería uno de los primeros en reconocer el “quijotismo” de una empresa condenada al fracaso.

Conocemos el desenlace de la tragedia por diversas fuentes, especialmente por el inglés Francis Pretty, que participó en el viaje alrededor del mundo de Thomas Cavendish, y por dos testimonios de un sobreviviente de la expedición, Tomé Hernández, que sería rescatado por Cavendish en enero de 1587. Restaban unos veinte pobladores cuando en un confuso incidente Cavendish rescató únicamente a Hernández. El resto de los colonos de la expedición fallecieron de frío e inanición. 

Hace unos años, un grupo de investigadores en arqueología de Argentina terminó con el mito del pueblo español olvidado en la Patagonia. Se trata del cementerio de colonos españoles más austral y antiguo del territorio argentino. Es el mayor indicio hallado hasta el momento de la primera fundación española de la Patagonia. 

La fiebre del oro

En el siglo XIX Cabo Vírgenes cobró inusitado auge por una fugaz fiebre del oro –que se encontraba sobre la costa– y durante la Primera Guerra Mundial la zona fue un paso obligado para los barcos de guerra ingleses y alemanes que incluso se enfrentaron en el lugar. Aventureros y buscadores de oro llegaron a Cabo Vírgenes de todas partes del mundo.

Los navegantes que llegaron a la región austral de América del Sur registraron sus adversidades con la nomenclatura que dieron a los accidentes geográficos. Por la costa occidental pueden seguirse sus peripecias. Sabemos que aquéllos navegan a la altura de la isla Socorro, cruzan el golfo de Penas, se introducen en la región de la Última Esperanza, se pierden en el seno de Obstrucción, y finalmente dan fondo en Puerto Hambre.

Según el historiador Armando Braun Menéndez, el hallazgo tuvo su origen en un naufragio, cuando un cúter pesquero que navegaba en la zona un día de 1876 fue sorprendido por una tormenta que lo hizo encallar. Los tripulantes se salvaron y lograron llegar a la costa. Al abrir un pozo para obtener agua potable, encontraron mezcladas con la tierra removida partículas de oro puro.

La noticia atrajo a aventureros de diferentes partes. Pronto, un techo de la costa abierta, desolada y ventosa del cabo, denominado Zanja a Pique por la configuración de las barrancas carcomidas por el Atlántico, se vio cubierto de campamentos improvisados.

En septiembre de 1884, una nave francesa llamada Arctique encalló en el cabo Vírgenes. Todas las naves que iban de Europa al Pacífico, que eran bastantes, doblaban allí para entrar al Estrecho de Magallanes, haciendo escala en la pujante población de Punta Arenas que habían fundado los chilenos en 1843. La noticia llegó a la ciudad y de inmediato, el reconocido empresario José Nogueira despachó a un grupo de hombres para trabajar allí como “raqueros”, quienes se dedicaban a saquear los barcos que perecían en el Estrecho de Magallanes.

Cuenta el historiador Martinic Berós: “la noticia del hallazgo cundió con velocidad increíble y muy pronto Punta Arenas fue un hervidero de hombres arribados de distintas partes que sólo deseaban alcanzar las barrancas atlánticas donde yacía el oro milenario.

Los buscadores construyeron canaletas de madera, en declive, con cavidades separadas por travesaños por donde hacían correr el agua. Las pepitas de oro quedaban depositadas en el fondo de esas cavidades.

El gran protagonista de la fiebre del oro fue Julio Popper, un ingeniero rumano que arribó al país en 1886. Interesa a gente influyente de la sociedad porteña y viaja al sur con el propósito de encontrar oro, pero considera excesiva la presencia de buscadores de oro en Cabo Vírgenes, vislumbrando el pronto agotamiento del valioso metal. Popper obtuvo un permiso especial del gobierno y se trasladó a Tierra del Fuego, donde instaló un lavadero de oro en una zona conocida como “El Páramo”.

La presencia aurífera en Cabo Vírgenes fue uno de los motivos que llevaron a cambiar la sede del territorio nacional de Santa Cruz, desde el lugar de ese nombre a Río Gallegos. En los primeros años, se obtuvo gran cantidad del preciado metal; sin embargo, con el pasar del tiempo, la cantidad disminuyó considerablemente.

Finalmente, en 1918 se inaugura el canal de Panamá y la zona fue quedando casi en el olvido –como a punto de caerse del mapa–, resguardando historias legendarias, una naturaleza casi virgen y una postal muy simbólica de lo que uno se imagina debe ser el panorama incógnito del fin del continente.

Conrado Asselborn, el último buscador de oro

Conocido como “el ermitaño de Cabo Vírgenes”, Conrado Asselborn fue un hombre duro de carácter y solitario. Descendiente de alemanes del Volga, nació en Villa María, Entre Ríos, el 10 de enero de 1916. Viajó desde el puerto de Paraná hacia Río Gallegos en 1936, para nunca más volver a su tierra natal.

Conrado fue el único que logró habitar de manera continua el área de Cabo Vírgenes, quien luego de haber estado preso en la cárcel del fin del mundo de Ushuaia, se instaló en un rancho precario, cerca del faro. Hasta 1992, cuando se suicidó, vivió durante 40 años retirado del mundo, alimentándose de los animales que cazaba y pescaba y comerciando los restos de oro que rescataba de antiguos naufragios en la zona.

“Yo no doy trabajo a los demás, cuando la cosa se ponga grave, sé muy bien lo que tengo que hacer”, dijo alguna vez. El 11 de mayo de 1992 terminó con su vida de manera repentina, pegándose un tiro. Moría de esta manera, el ermitaño de Cabo Vírgenes. Sus restos descansan en aquella tierra inhóspita, junto a los españoles y náufragos de todo el mundo que no pudieron dominar el tempestuoso mar austral.

Es un día gris y con niebla. Subo los 101 escalones que me conducen a la torre del faro de Cabo Vírgenes. Pienso en los intrépidos navegantes y exploradores, los colonos y buscadores de oro. Todos han dejado su huella en Cabo Vírgenes. En este confín del continente, es inevitable no sentir el peso de la historia.

 

18 ago 2024

Elena Greenhill, la bandolera inglesa

Esta historia nos lleva por las provincias de Neuquén, Chubut y Río Negro, donde la protagonista es una mujer inglesa, Elena Greenhill, más conocida como “la bandolera de la Patagonia”. Pasiones, muertes y delincuencia en el fin del mundo hace más de un siglo. Conocemos esta historia a través del libro “La bandolera inglesa”, del escritor Elías Chucair.

Los orígenes de Elena Greenhill

La historia de Elena Geenhill Blaker comienza a miles de kilómetros de la Patagonia. Había nacido en Yorkshire, Inglaterra, en 1875. Llegó a Chile con tan solo 15 años de edad junto a sus padres y cuatro hermanos (una hermana y tres varones). Cinco años después se casó con Manuel de la Cruz Astete. Comerciante chileno que le doblaba en edad, muy apuesto y habituado a moverse a ambos lados de la cordillera haciendo negocios poco claros. Elena tuvo dos hijos antes que su esposo fuera detenido mientras llevaba un arreo a Chile, del que no pudo comprobar ser su propietario legal.

Cuando apareció el cadáver de su esposo bajo un montón de piedras, cerca de su casa, la señalaron como la única culpable. Evitó la cárcel gracias a la gestión del abogado Martín Coria. Era hijo de conocidos estancieros de la zona de Carmen de Patagones y quizás también pariente del gobernador de Buenos Aires. Lo cierto, es que en el expediente judicial se estableció que el culpable había sido un peón de la familia del que también se comentaba era amante de “La inglesa”. Martín Coria se transformó en su segundo esposo y el policía que investigó el caso fue el padrino de la boda.

El libro “La bandolera inglesa”

La historia de esta inglesa la conocemos en gran parte gracias a la investigación y relatos recopilados por querido escritor Elías Chucair, oriundo de la provincia de Río Negro. Chucair, ciudadano ilustre de la provincia de Río Negro, ex intendente y diputado, autor de más de 40 libros en donde cuenta historias de la Patagonia, publicó la historia de "La inglesa bandolera" en 1985. Luego en dos ediciones más, en los años 1996 y 2003. Chucair era de la localidad Ingeniero Jacobacci, y falleció en el año 2020, a los 94 años de edad.

Siendo muy niño, contó en el prólogo de su libro, "llegaban accidentalmente a mis oídos (...) cosas que tenían relación con aquella mujer. "Un día me picó la idea de conocer episodios y personajes del ayer, especialmente de la época en que los pioneros dejaban jirones de su vida para subsistir en un medio inhóspito, lleno de privaciones y de peligros".

Chucair pudo recopilar mucho material, inclusive su padre pudo ver y conocer a la inglesa, por lo que el relato del autor tiene mucho de testimonio viviente. La inglesa vestía ropa masculina, usaba breeches y botas altas, usaba sombrero por el cual se le escapaban cabellos rubios y "nunca abandonaba un poncho Castilla, seguramente traído desde Chile".

En aquellos tiempos, Elena Greenhill ya era famosa en la Patagonia por su habilidad y puntería con las armas y por apropiarse de lo ajeno. Dicen que vestía como hombre y era brava como una serpiente. Junto a su segundo esposo instalaron un almacén de ramos generales en el paraje Monton-Niló de Río Negro. La pareja incorporó al negocio de ramos generales la compraventa de hacienda, crianza de ovejas, robos y estafas. Se afirmaba que vendían hacienda robada y que no solían pagar a los proveedores del almacén. Elena decidió instalar a sus hijos como pupilos en un colegio de Buenos Aires, consciente del riesgo que corrían en el sur.

Una partida de 15 hombres bajo el mando del comisario Calegaris salió en busca de la “bandolera inglesa”. El causante de la búsqueda fue una denuncia por robo de ganado, la cual se presentó en la localidad de Telsen, en la provincia de Chubut.

El comisario local, de apellido Altamirano, junto a un ayudante, también se encaminaron hasta el almacén de “La inglesa” para participar de la resonante captura. Es que Altamirano se había quedado “con la sangre el ojo” tiempo atrás, tal el dicho popular. Fue cuando descubrió que el misterioso forastero al que le tintineaban espuelas de plata chilena al caminar, era en realidad una mujer de largos cabellos rubios que vestía de hombre y solía acompañarse de un respetable Winchester. En aquellos tiempos y lugares, eso era como una cachetada para los machos de la Patagonia.

Cuentan que el comisario la siguió hasta la pulpería y ordenó en voz alta que le proveyeran urgente de una falda “a la dama”. El silencio que siguió a la orden no presagiaba nada bueno. Sin embargo, Elena no le prestó atención y siguió con lo suyo. Aunque lo guardó en su memoria.

El día que iban a detenerla estaba con Carmen, una vecina, su marido y los demás hombres del grupo. Justo habían llegado unos “turcos” mercachifles y estaban eligiendo mercaderías (algunos de estos turcos fueron víctimas de salvajes episodios de canibalismo en la Patagonia). Cuando los policías quisieron rodear el rancho fueron recibidos a balazos. Luego de un largo tiroteo apareció una bandera blanca en una de las ventanas del almacén. Poco después, se abrió la puerta y salió un peón a parlamentar. El comisario Altamirano y su ayudante se adelantaron para quedarse con el mérito de la rendición y captura.

El hombre enviado a parlamentar era sordomudo (así es, un sordomudo como negociador). Mientras el comisario Altamirano intentaba entenderse con aquel hombre se sumó a terciar el marido de Elena, Martín Coria. Todo era parte de la trampa ideada por Greenhill para distraer a los policías. En efecto, cuando unos caballos se encabritaron sin razón aparente, “La inglesa”, Carmen y el resto de los hombres surgieron encañonando a los policías. El resto de los agentes huyó por estar “flojos” de municiones, según alegaron.

Elena hizo desnudar a los policías. Dicen que el sordomudo bailaba vestido con el uniforme del comisario mientras Altamirano y su ayudante eran obligados a lavar la vajilla vestidos apenas con calzoncillos. Además, les hicieron firmar las guías de arreo que certificaban que el ganado de “La inglesa” era legal (el mismo por la que la iban a detener). Después de varios días de humillaciones los dejaron en libertad. Poco después, su marido, fue encarcelado por haber torturado a un mapuche para que firmara el traspaso de titularidad de sus ovejas. Al poco tiempo salió en libertad, pero estaba muy enfermo para volver con Greenhill y partió hacia Buenos Aires, donde murió en 1914.

En tanto, Elena ya convivía con otro bandolero de nombre Martín Taboada. Dicen que se dedicaban a robar ganado en Chubut para venderlo en Chile. Los héroes suelen tener un sentimiento de inexorabilidad ante la muerte. Parece que ese sentimiento también estuvo presente en el final de “La inglesa”. Antes de emprender una nueva “recorrida” por Chubut se ocupó de dejar todos sus papeles en orden dejando a resguardo la documentación que acreditaba la titularidad del rancho, y las tierras de Monton-Niló, a nombre de sus hijos.

 “La matan en Gan Gan”. Así titula Chucair al capítulo en el cual hace alusión a la muerte de la bandolera, en el año 1915 en Gan Gan. Fue en ocasión en que ella volvió a Chubut, junto a su nuevo marido y otro secuaz, a estafar a la viuda que todavía tenía tierras y hacienda. La policía de Chubut fue informada de esta presencia. "Sabían que la inglesa iba a pasar por Gan Gan. Entonces el comisario Félix Valenciano con otros, todos de civil, la esperaron en la Angostura del Chacay y cuando apareció no le dieron tiempo a nada. "Dicen que la inglesa levantó el brazo para tirar, pero no le dieron tiempo a nada. Después le dieron unos tiros de gracia cuando estaba boca abajo en el suelo", cuenta Chucair en su primera versión. 

La otra versión es que no fueron por la viuda a cometer el delito, sino que "la inglesa y sus secuaces habían despojado a unos arrieros de la zona de Talagapa de una buena cantidad de hacienda lanar, y la policía se puso en su persecución. La partida iba al mando del comisario Valenciano y se ubicaron estratégicamente en la estrecha Angostura del Chacay". "Dicen que el tiroteo duró una hora; la inglesa no se rendía. Aún herida, desde atrás de su caballo, continuaba tirando contra la policía, pero llegó el momento en que sus fuerzas dijeron basta y cayó boca abajo".

El certificado de defunción consta en un acta del Juzgado de Paz de Gan Gan, fue firmado por Enrique Borman, juez de Paz, "el día 31 de marzo de 1915, en el Paraje denominado Laguna Fría, falleció una mujer llamada Elena Greenhill, viuda de Coria, británica y de 42 años de edad, a consecuencia de heridas de arma de fuego, ignorándose los demás antecedentes de la extinta"

Desde la época de su muerte, el cerro próximo al lugar donde la mataron se llama Cerro La Inglesa a modo de silente homenaje a una mujer que hizo historia en un territorio remoto donde reinaban los hombres. Y en el cementerio de Gan Gan descansaron sus restos hasta el año 1949, año en que una hermana que trabajaba en la Embajada Británica, los hizo exhumar y sus restos descansan hoy en el Cementerio Británico de Buenos Aires.

Referencias

“La bandolera inglesa”, Elías Chucair.

“La bandolera inglesa en la Patagonia”, Francisco N. Juárez.

 

9 ago 2024

Salesianos en Tierra del Fuego

Concebida por un hombre que más adelante sería proclamado Santo por la Iglesia Católica: Don Bosco, e impresa por tal causa de un impulso sobrenatural, la obra salesiana en la Patagonia y la Tierra del Fuego tenía necesariamente que arraigar y extenderse.


Los primeros salesianos encabezados por el padre Juan Cagliero llegaron a Buenos Aires en 1875. La obra realizada por la Pía Sociedad de San Francisco de Sales – llamada vulgarmente salesiana – tuvo un patrimonio inimaginable en bienes materiales como espirituales.

La firma del tratado de límites entre Argentina y Chile en el año 1881 tuvo como consecuencia un despliegue por parte del Estado argentino con el fin de explorar y conocer la isla de Tierra del Fuego y de reafirmar la soberanía nacional sobre ella.

El 31 de octubre de 1886 partió la primera expedición científica y militar hacia el norte y este de Tierra del Fuego, luego de que Julio Argentino Roca firmara un decreto declarando de interés nacional la exploración de la parte argentina de la isla grande. El misionero salesiano José Fagnano formó parte de la misma como capellán, dejando su propio registro escrito.

Isla Dawson 

El establecimiento de la misión salesiana de San Rafael en Isla Dawson en territorio chileno, se inicia a comienzos de 1889. La isla reunía una serie de condiciones que la constituían en un espacio privilegiado. Por una parte, contaba con ventajas naturales favorables para el asentamiento de la vida humana. Y por otra, estaba situada a cierta distancia de Punta Arenas y en una porción central del estrecho.


Pero existía una razón muy importante para la congregación: era posible reunir a los indígenas en un solo lugar, siendo además un lugar aparte. Resulta interesante reconocer que ello le permitiría desarrollar a los misioneros salesianos y a las religiosas de las Hijas de María Auxiliadora un trabajo misional tendiente a instruir a los indígenas, educar a los más pequeños, además de entregarles nociones de algunos oficios y labores, junto con alimentarlos y vestirlos.

Misión Salesiana Nuestra Señora de la Candelaria de Río Grande

En el sector argentino, la reducción salesiana se instaló en la localidad de Río Grande en 1893, y se constituyó a imagen y semejanza de Dawson. Los orígenes de la Misión Salesiana de Río Grande se remontan al año 1893, cuando Monseñor Fagnano y el padre Beauvoir instalan el primer asentamiento con el propósito de evangelizar a los nativos y acogerlos en sus instalaciones. Se solicitaron cerca de 25 mil hectáreas de terreno en donde se instaló el asentamiento misional de Nuestra Señora de La Candelaria.


La misión de San Rafael en isla Dawson y Nuestra Señora de La Candelaria en Río Grande fueron espacios que permitieron que la vida de los grupos que las habitaban transcurriese en el ciclo fundamentado por la serie de tareas relacionadas con su evangelización y civilización.

Se les enseñaba el catecismo, tenían prácticas de oración y canto, acudían a misa y recibían los sacramentos. A su vez, aprendían las tareas relacionadas, en el caso de las mujeres, con el bordado, cocina, hilado y tejido. En el caso de los hombres, sus tareas se relacionaban con el aserradero, carpintería, herrería y con labores propias de la crianza de ovejas. Todas las producciones de la misión estaban orientadas a su sustento. Niños y niñas eran instruidos, sistemáticamente, en la práctica de la aritmética, escritura, lectura y música.


La isla Dawson, por su privilegiada situación geográfica hubiera sido el lugar ideal para radicar indígenas y para lograr la supervivencia de éstos, pero el germen de la enfermedad que minaba la raza llevó a que la población de los nativos se redujera drásticamente en poco tiempo.
El “problema del indio” se agudizó en los años de 1890 a 1895, cuando los gobiernos de Argentina y Chile promovieron la concesión y venta de las tierras situadas en el norte de la Isla Grande con destino a la ganadería ovina.

Diversos factores contribuyeron a los mecanismos de extinción de los selknam (onas): los secuestros de niños y su traslado forzado a ciudades como Punta Arenas o Buenos Aires, donde bajo la excusa de civilizarlos, fueron sometidos a servidumbre, el envenenamiento de carne de oveja, con el objetivo de intoxicar letalmente a los nativos que la consumieran, la “caza de indios”, actividad mediante la cual los cazadores de nativos eran retribuidos con el pago de una libra esterlina por cada indígena capturado o asesinado. A ello se suman las reducciones en los territorios de caza y las numerosas muertes por epidemias.

Cuando en 1911 venció el plazo fijado para la concesión de la isla Dawson, y como no quedaban en ella sino muy escasos nativos, el gobierno de Chile denegó el pedido de renovación del contrato, por lo cual estos indios fueron trasladados a la misión de la Candelaria en Río Grande.

Según el historiador Braun Menéndez, ya para el año 1907, la población indígena se reduce a ochocientos. Desde aquella fecha las enfermedades comienzan a hacer estragos. En 1913 sólo se cuentan ochenta y dos residentes, mientras que, en 1934, los onas no llegaban a treinta individuos.

Referencias

“Pequeña historia fueguina”, Armando Braun Menéndez

 

 

28 may 2024

Libros: "Cristina Calderón, memorias de mi abuela Yagán"

Cristina Calderón, memorias de mi abuela Yagán (2016), Cristina Zárraga 

La autora vivió durante 10 años con Cristina Calderón, una abuela yagán reconocida por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile como Tesoro Humano Vivo. Durante todo ese tiempo recopiló historias y relatos del pueblo Yagán que le sirvieron para escribir sobre medicina, costumbres, lenguaje, etc. En esta biografía, Zárraga rememora los tiempos en los que los yaganes todavía llevaban un modo de vida tradicional, navegando por los canales e islas de Tierra del Fuego. La autora insiste en la existencia actual de los yaganes, cada vez más orgullosos de la historia de su pueblo ancestral: “La comunidad yagan es un grupo de familias y somos varios los nietos de mi abuela que tenemos hijos. A nuestros ancianos siempre les dicen que son los ‘últimos’ y nunca es así. Yo quiero terminar con ese eslogan”.


15 may 2024

Franceses en Malvinas

Acerca del descubrimiento, como sucede con otras tierras, se sostienen diferentes versiones sobre quién tuvo el privilegio de ser el primero en las Islas Malvinas. Un aspecto muy importante es el asentamiento de expedicionarios.


En concreto, una expedición española de 1540, organizada y financiada por Gutierre de Vargas y Carvajal, obispo católico de Plasencia, fue colocada al mando de Francisco de la Ribera, con el objetivo de llegar a las Molucas, vía el Estrecho de Magallanes. Se ha establecido que un navío de esta expedición, luego de quedar a la deriva, recaló en tierras de las Islas Malvinas en 1540. Sus tripulantes desembarcaron y vivieron allí por espacio de 9 meses, hasta que pudieron recomponerlo y retornar a España.

En el diario de viaje de este navío quedó asentado que estas islas a las que habían arribado eran las que estaban detalladas en la Carta Universal de Diego de Ribero –cosmógrafo portugués al servicio de la Corona española–, elaborada unos diez años antes. Parte de la bibliografía sobre el descubrimiento de las islas asume que Ribero participó como cartógrafo en la expedición de Hernando de Magallanes que partió de la Península Ibérica en 1520.

De acuerdo con las bulas papales de 1493, “España no necesitaba descubrir las islas para tener soberanía sobre ellas pleno derecho, cualquiera fuese el descubridor”. Las Malvinas estaban dentro de la jurisdicción española, pero de todas maneras el primer avistamiento correspondió a Esteban Gómez, que luego de desertar de la flota de Magallanes en 1520, negándose a entrar al tempestuoso estrecho, regresó a España dando referencias de las islas, lo que permitió incorporarlas en algunas cartografías españolas.

El británico John Davis, un capitán acusado por deserción, integrante de la flota de Cavendish – de a que se separó en 1591 luego de un intento frustrado para entrar al Estrecho de Magallanes – informó al almirantazgo de la existencia de las islas, según afirmó: “nunca descubiertas anteriormente” – lógicamente, por los ingleses, ubicadas a “cincuenta leguas del Estrecho”.

El pirata Richard Hawkins también aseguró haberlas visto; pero ambas aseveraciones no incidieron, por imprecisas, como para que la cartografía inglesa registrara la existencia de las Islas Malvinas. No obstante, los posteriores reclamos británicos acerca de sus supuestos derechos soberanos sobre las islas se apoyaban en las referencias de Davis y Hawkins.

El holandés Sebald de Weert – capitán de la Geelof, nave que integró la expedición de Jacobo Mahu – cuando regresaba a su país, en 1600, avistó las Malvinas y recorrió parte de sus costas, situándolas correctamente, lo que indujo a algunos cartógrafos a denominarlas islas Sebaldines.

Casi un siglo después, el contrabandista inglés John Strong, arrasado por una tempestad, arribó a las Malvinas con su barco Welfare y navegó el canal que las separa, denominándolo Falkland Sound, en honor a quien financió su viaje, lord Falkland. Efectuó algunas exploraciones y apuntó que en las islas no existían nativos y tampoco árboles; fue a raíz de este viaje que la cartografía británica las denominó Falkland.

La historia de los franceses en las Malvinas

“Malvinas: nuestro legado francés”, es el libro de la autora Gisela Martínez Casado, quien ha realizado personalmente una investigación sobre la presencia francesa en las Islas Malvinas.


El nombre Malvinas, con el que las islas fueron bautizadas en español, es de origen francés y se remonta a la llegada de los franceses a las islas, en 1764. El nombre proviene de la ciudad de Saint-Malo (Bretaña - Francia), cuyos habitantes son los “malouins” o “malouines”.

Paul François Groussac, francés radicado en la República Argentina, publicó en 1910 una obra titulada “Les Iles Malouines: nouvel exposé d’un vieux litige, avec une carte de l’archipel” (“Las Islas Malvinas: nueva exposición de una vieja disputa, con un mapa del archipiélago”).

La expedición de Luis Antonio Bouganville

En cuanto a la ocupación, hay documentos que establecen que fueron los franceses los primeros en enviar una expedición con el fin de construir un asentamiento permanente. El propósito de controlar el acceso al Pacífico, evidenciado por las potencias europeas, se materializa con un emplazamiento francés, en 1764.

«Luis Antonio de Bougainville, nacido en París en 1729, diplomático y marino destacado, logró convencer al Duque de Choiseul, Ministro de Guerra y Marina de Luis XV, para realizar la colonización de las Malvinas.», tal como consta en el libro “Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur, ante el conflicto con Gran Bretaña” de Laurio Destéfani.

Esta expedición, integrada por la fragata «L’Aigle» y la corbeta «Le Sphinx», zarpó del puerto de Saint-Malo, al norte de Francia, el 8 de septiembre de 1763 y arribó a las Malvinas el 31 de enero del año siguiente.

La expedición colonizadora de Bouganville denominó a la bahía donde desembarcaron como Baye Accaron y allí se asentaron en lo que denominaron Port Saint Louis, en honor a su monarca. Los ingleses llamaron posteriormente a esa misma bahía Berkeley Sound y los españoles Bahía de la Anunciación.

A comienzos de marzo construyeron un fuerte y otras edificaciones que constituyeron los asentamientos de la población francesa inaugurada el 5 de abril, donde habitaron 29 colonos.

Casi un año más tarde de la ocupación y fundación francesa, el 15 de enero de 1765, una expedición constituida por los navíos «Dolphin», «Tamar» y «Florida», provenientes de Inglaterra al mando del Comodoro de Marina John Byron, desembarcaron en la isla Malvina occidental, denominando a su lugar de desembarco como Port Edgmont, en honor al Primer Lord del Almirantazgo y Segundo Conde de Edgmont, tomando posesión bajo el nombre de Falkland Islands, al margen de la presencia que les antecedía de los franceses en la isla vecina.

Posteriormente, el Reino de España reclamó ante Francia por la ocupación de las «Iles Malouines”. Su nombre se encuentra relacionado a los marinos, exploradores y comerciantes del puerto francés de Saint-Malo, que ya desde fines del siglo XVII zarpaban de allí para llevar a cabo expediciones de comercio, descubrimiento y colonización, en la zona que abarcaba desde el Cabo San Antonio (en la actual provincia de Río Negro) hacia el oeste, los Estrechos de Magallanes y Le Maire, y las islas del Pacífico no ocupadas por otra potencia europea.

Luis XV reconoció en los foros internacionales el derecho español y las islas fueron devueltas, aunque se solicitó una indemnización para Bougainville, quien había solventado con fondos propios la construcción de sus dos buques y gran parte de las tres expediciones.

En la concepción política de Francia de la época, era preferible que las islas Malouines fueran reconocidas a la soberanía de España, y no que los ingleses establecieran una colonia en esas latitudes y lograran el dominio o proyección, desde allí, a otras tierras del Pacífico y del Índico. España asumió el control de Saint Louis y lo luego lo llamó Puerto Soledad.

Por Real Cédula del 4 de octubre de 1766, Puerto Soledad pasó a depender de la Capitanía General de Buenos Aires, designándose como Gobernador a Felipe Ruiz Puente. Los franceses legaron una gran cantidad de documentos fundacionales y mapas muy detallados que describen las «Iles Malouines», la mayoría de ellos pertenecientes al siglo XVIII.

En el Museo Mitre –ubicado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires– y gracias al accionar del Gobernador argentino de las Malvinas Luis Vernet, se encuentra la placa original colocada en el mástil principal de la fortaleza de Saint Louis, con los nombres de los fundadores y otras ilustraciones, testimonio indiscutible de la temprana colonización francesa, anterior a la invasión inglesa.

Bougainville continuó con su vida aventurera, dio la vuelta al mundo, reclamó la isla de Tahití para Francia. Las experiencias de esta circunvalación las volcó en un libro donde describe las maravillas que vio, incluido el “paraíso polinesio”. Participó en la guerra de independencia norteamericana. Fue arrestado en tiempos de terror y estuvo a pocas horas de subir al cadalso. Napoleón lo nombró senador y fue encargado de juzgar el desempeño de sus colegas después de la derrota en Trafalgar. Murió en 1811. Su corazón está enterrado en Montmartre, mientras que su cuerpo descansa en el Panteón de París entre las glorias de Francia.

 

8 may 2024

El martirio de Allen Gardiner

“Es nuestro deseo, pues, que este trabajo sirva para dar a conocer una página olvidada de nuestra historia, para honrar la memoria de los mártires y los pioneers que se sacrificaron por nuestro Sur, por ir "hasta lo último de la tierra"', para inspirar especialmente en la juventud el deseo de ser más fieles y consagrados a Cristo y para colaborar en el engrandecimiento del Reino de Dios, a quien queremos que sea dada así toda la honra y la gloria”

“Hasta lo último de la tierra”, Arnoldo Canclini.

Marcada por la tragedia, la actividad misionera en Tierra del Fuego fue un proceso lento y arduo. A pesar de las adversidades, los misioneros anglicanos intentaron una y otra vez llevar la palabra de Dios hasta “lo último de la Tierra”. En esta batalla condenada al fracaso, los misioneros dieron todo de sí, arriesgando muchas veces hasta sus propias vidas. Esta es la historia del martirio de Allen Gardiner, el mártir de Tierra del Fuego.


Sus biógrafos y apologistas advierten que el mar, la exploración y la aventura llenaron los ensueños de su niñez. En 1808, Gardiner se incorpora al Royal Naval College de Portsmouth, del cual egresa dos años después convertido en flamante guardiamarina.

La Sociedad Misionera de la Patagonia

Pocos años después del viaje de FitzRoy, Allen F. Gardiner, capitán retirado de la marina británica y hombre de fe, creaba en Londres la Patagonian Missionary Society, misión anglicana cuyo nombre se cambiaría más tarde por el que lleva hasta la actualidad: Sociedad Misionera de Sud América. Su propósito: rescatar a los salvajes del fin del mundo de las tinieblas y llevarlos hacia la luz de la religión.

Un valor personal temerario y una inquebrantable fe guiaban a Gardiner. Poco sabía, es cierto, sobre el peligro de navegar por estas aguas, menos aún de cómo se entablaría la relación con los "nómades del mar". Lo concreto fue que ese primer intento de contacto misionero terminó de manera trágica: el territorio, atrincherado en su soledad de siglos pareció defenderse encarnizadamente de la intrusión, provocando uno de los naufragios más dramáticos que registra la historia de Tierra del Fuego.

Para la mayoría de los europeos que llegaron a Tierra del Fuego, los yámanas o yaganes, se trataba de un grupo primitivo y desgraciado de salvajes, ateos sin ley que vivían en condiciones inhumanas. Como diría Charles Darwin, eran “los seres más abyectos y desdichados que he visto en parte alguna”, según esta narrativa, no merecían tener historia. La opinión de Darwin en relación con los indios fueguinos debe entenderse en el marco del lenguaje religioso y de la Revolución Industrial que reafirmaba la superioridad de los valores morales protestantes ante culturas primitivas.

Se los ha llamado también "indios de canoa" y es una buena denominación porque habían hecho de sus embarcaciones su principal sistema de vida. En ellas recorrían los canales, deteniéndose en algún punto donde levantaban sus chozas y pasaban un tiempo cazando guanacos y comiendo mejillones. No usaban vestido alguno a pesar del frío y de la nieve.  A veces se echaban sobre las espaldas un cuero de guanaco o lobo marino que habían cazado y devorado poco antes. Ningún investigador ha logrado averiguar sus ideas religiosas y es lógico suponer que fueran muy rudimentarias. Los onas, por el contrario, tenían gran número de relatos mitológicos y leyendas.

Allen Gardiner continuó desde Inglaterra sus esfuerzos para establecer una misión en la Patagonia, creyendo que podría contar con la ayuda de la Sociedad Misionera de la Patagonia, recientemente fundada, pero que al fin no logró. Viajó por Escocia e Inglaterra dando a conocer sus planes y buscando la manera de recolectar fondos; pero la limitación de los ingresos le hizo reducir sus planes y contentarse con la organización de una expedición misionera compuesta sólo de cuatro marineros y un carpintero naval; con un navío cubierto, un ballenero; dos tiendas o carpas indias y provisiones para seis meses. Este plan fue aprobado y luego de los preparativos necesarios, el 7 de enero de 1848 salieron desde Cardiff rumbo a la Isla de los Estados, donde habían resuelto establecer la base de sus futuras operaciones evangelizadoras.

El viaje a Tierra del Fuego

Tanto los elementos de la naturaleza como los indios de la zona les fueron adversos y el 1 de abril del mismo año (recién el 17 de marzo habían llegado a su destino en Tierra del Fuego), seguían viaje hacia Payta que era el puerto de destino del “Clymene”, nave que conducía a los misioneros, aceptando así el fracaso de esa primera expedición.

Su visión y genio organizador le hizo ver que para que una expedición de esa clase pudiera hacer frente a las situaciones a que se vería afrontada debería tener una base más consistente, algo así: una misión flotante, en un bergantín de unas 120 toneladas; provisiones para un año y fácil comunicación con las colonias de las Malvinas.

Al detenerse en el Estrecho de Magallanes, frente a la costa fueguina, por todas partes se veían guanacos, pero no indígenas; Gardiner resolvió ir a tierra y prender fuego para llamar la atención. Poco después apareció un grupo de onas, cubiertos de pieles, quienes se detuvieron a cierta distancia y encendieron una hoguera. El misionero no quería alejarse mucho del bote y entonces echaron más combustible y, al agrandarse las llamas hicieron señas a los nativos. Estos se acercaron y recibieron con agrado las chucherías que les regalaron: pañuelos de colores, espejitos, cortaplumas, etc. Gardiner les dirigió algunas frases en castellano y unas pocas que conocía en tehuelche, pero fue en vano.

Regresó de Tierra del Fuego ardientemente deseoso de inducir a sus paisanos a enviar otra misión más eficientemente provista que la anterior, no considerando el viaje recién realizado como un fracaso sino como un viaje de observación. Pero encontró muy poco preparado el ambiente para considerar el asunto 15 desde el mismo punto de vista suyo, aun entre sus más decididos sostenedores. Pero seguro como estaba, con la firme convicción de que esa era la voluntad de Dios, ejerció toda su influencia para que la obra del Señor se estableciera en América del Sur sin que la falta de ayuda ni de sostén le hicieran renunciar a sus propósitos.

Dos solicitudes que presentó a la Sociedad Misionera de la Iglesia, una a la Iglesia Moraya y otra a la Sociedad de Misiones Extranjeras de la Iglesia de Escocia, en favor de la obra misionera en América del Sur, fueron en vano. El dilema que se presentaba a la Sociedad Misionera de la Patagonia era: abandonar toda esperanza de misión en Tierra del Fuego o adoptar los planes de un ardiente y desinteresado hombre que estaba presionándole a recolectar los fondos necesarios como el primer paso para realizar tal misión.

En el curso de sus viajes como conferencista, el Capitán Gardiner llegó a entablar relación con el Rev. G. P. Despard, de Redlands, Bristol, hombre de coraje, energía y mucha piedad. Una sincera amistad nació entre estos dos hombres, cuyo valor pronto pudo Gardiner apreciar. Cuando las dificultades rodeaban a la naciente sociedad, pues el dinero para la proyectada misión venía muy lentamente, fue este nuevo amigo quien puso todo su empeño por el éxito de la empresa.

Como parecía imposible obtener todo el dinero necesario para tan original plan, el capitán Gardiner lo modificó tratando de combinar la suficiente seguridad con el menor gasto. Propuso que en cambio de un bergantín se compraran dos lanchas de 8 metros de largo por 2,60 de ancho, en las cuales podrían colocarse las provisiones para seis meses, y dos pequeños botes para que sirvieran como muelles entre ellas. Creyendo que las lanchas de esas medidas serían seguras para navegar en los intrincados canales del estrecho, habló al Comité y fue oído deferentemente dada su experiencia. Sabían que Gardiner era muy confiado, pero sabían también que no era capaz de llevar a sus compañeros a un lugar de peligro.

Las lanchas propuestas para la misión debían ser de la mejor calidad, de buenas medidas y provistas con cubiertas, y para tripularlas propuso obtener la colaboración de experimentados pescadores de Cornwall, acostumbrados a navegar en el mar de Irlanda.

Otra vez, con paciente tenacidad, este hombre incansable viajó por Inglaterra y Escocia para recaudar los fondos necesarios; pero obtuvo pocos resultados, hasta que una señora, estando segura de que necesitaba el dinero para la empresa, le dio setecientas libras esterlinas de una vez y después trescientas más, con lo que la obra pudo ser inmediatamente iniciada.

El pequeño grupo se embarcó en el puerto de Liverpool, el 7 de septiembre de 1850 en el "Ocean Queen", rumbo a Tierra del Fuego. El 18 de diciembre la nave que los condujo a la isla de Picton los dejó y la expedición quedó bajo la protección de Dios y la prometida ayuda de sus hermanos de Inglaterra.

La primera visión de la Tierra del Fuego no parece resultarle atractiva a los catequistas. En el diario del doctor Williams se lee: “Es una tierra de tinieblas, un escenario de salvaje desolación; ambos, paraje y clima, concuerdan en carácter: ¡el uno es hosco y desolado, el otro tempestuosamente negro”.

Allen Gardiner y sus compañeros se habían hecho a la mar en dos pequeños barcos, el Speedwell y la Pioneer. En diciembre de 1850, llegaban a destino. Desembarcaron los suministros en la isla Picton, en la boca oriental del canal Beagle, y luego cantaron himnos de agradecimiento que deben haber sonado extraños en la profunda soledad de esa isla. Casi de inmediato, observaron columnas de humo que se elevaban de las islas cercanas. Entre regocijado y expectante, Gardiner veía avanzar las canoas de los yámanas que pronto desembarcaron y se les acercaban por la playa.

El misionero quiso ir a su encuentro, pero los indígenas se mostraron desconfiados y hostiles. Gardiner y los suyos tuvieron que emplear cierta violencia para rechazar a los que se tomaban demasiada confianza con los víveres y los suministros. Los ingleses consideraron su inferioridad numérica y Gardiner ordenó el reembarco con todo lo que se pudieran llevar a bordo. Dejaron, cerca de la costa, una inscripción en una roca indicando a posibles navegantes el rumbo que se proponían tomar. Los yámanas no parecían impresionados ni por los barcos ni por las armas de fuego, y los persiguieron por los canales sin permitirles desembarcar. Gardiner se vio huyendo de aquellos a quienes había venido a salvar.

Una noche, comenzó un vendaval. Las famosas "tempestades del Hornos" descriptas por innumerables capitanes en sus bitácoras. En medio de la oscuridad y el rugir del temporal, los dos barcos buscaron refugio en Bahía Aguirre. Gardiner pensó que hasta allí, tan lejos del canal y en, mar abierto, los indígenas no se aventurarían en sus canoas. Cuando el tiempo pareció serenarse, maniobraron para echar el ancla. Lo que no supo y los nativos sí sabían, fue que bajo las aguas aparentemente tranquilas donde habían anclado, el fondo marino pasaba abruptamente de los cien metros a un abismo oceánico de cuatro mil metros de profundidad.

Los movimientos de semejante masa de agua producían olas monstruosas. Así sucedió: al desatarse nuevamente la tempestad, el pequeño Pioneer fue elevado por una ola gigantesca que lo arrojó ferozmente contra las rocas convirtiéndolo en astillas. Sólo quedaba el Speedwell. Con heroicidad resistieron, pero Allen Gardiner y los suyos fueron vencidos por otro enemigo contra el que no pudieron luchar: el terrible invierno del Cabo de Hornos.

Refugiados en una caverna de la costa, rodeados por los eternos fuegos, esperando un rescate que sólo llegó meses después de su muerte, el capitán y los suyos perecieron de inanición en las sombrías costas fueguinas. El trágico fin de estos primeros misioneros lo conocemos por el diario que llevó Allen Gardiner hasta su último aliento.

 El martirio de los misioneros

Cuatro meses después de haber llegado a esas comarcas, comenzó el calvario de estos hombres. Ni una vez en todo ese tiempo, ni en los meses siguientes hasta que se produjo el triste final, vieron a otros hombres blancos y las esperanzas puestas en que sus hermanos de raza y fe les proporcionaran un poco de comida, de medicinas y de estímulos fueron siempre en vano. Las provisiones empezaron a escasear. Tenían alimentos para una época determinada de tiempo y esperaban poder aumentar la despensa con los productos de la caza y de la pesca. Pero por largo tiempo no pudieron cazar ni pescar.

Necesitando carne fresca, especialmente para dar a los enfermos, en cierta oportunidad armaron una trampa y con ella dieron caza a un zorro. Ese fue el único alimento que tuvieron en esos días. A medida que pasaba el tiempo la situación se hacía cada vez más desesperante. El 12 de junio, uno de los misioneros escribe en su diario esta triste reflexión: "Hemos estado mucho tiempo sin alimentación animal de ninguna clase. Nuestra dieta consiste en avena molida y polenta de arroz de vez en cuando, pero aun de esto tenemos sólo lo necesario para terminar este mes o un período muy corto después de éste".

Como si todo esto no fuera bastante, hay que agregar las dificultades ocasionadas por el tiempo: "el tiempo es muy severo, con una caída copiosa de nieve...", escribió Mr. Williams el 12 de junio.

A fines de marzo, a pesar de estar confiados en la providencia de Dios deciden hacer un esfuerzo para conseguir socorro, dada la angustiosa situación en que se encuentran: En una roca pintan un letrero con esta inscripción: "GONE TO SPANIARD HARBOUR" (Hemos ido a Puerto Español).

Y en la base de la roca entierran tres botellas con notas adentro notificando donde se hallan. Los mensajes encerrados en las botellas decían así: "Hemos ido a Spaniard Harbour, que queda en la isla principal, no lejos del Cabo Dinnaird. Tenemos enfermos a bordo; nuestras provisiones están por terminarse; si no nos relevan pronto nos moriremos de hambre. No intentamos ir a la isla de los Estados, pero permaneceremos en una bahía del lado oeste de Spaniard Harbour hasta que algún vapor nos venga a socorrer.

El mes de abril pasó en medio de esa situación angustiosa, agravada además por las enfermedades que inician sus estragos. Sin embargo, el grupo siempre siente gratitud hacia Dios por sus misericordias y sus bondades. Como una corroboración podemos citar lo que el capitán Gardiner anotaba en su diario el día 8 de mayo: "Aunque camine en medio de desgracias, tú me alentarás. Mis ojos miran a ti, oh, Jehová. Señor, en ti he confiado, no desampares mi alma" (Salmo 138:7; 141:8).


En la misma forma, cual si cada día fuera de veinticuatro interminables horas, pasan los meses de mayo y junio. En medio de esas tremendas pruebas se sienten llenos de gozo, de fe y de confianza en Dios. Pero eso no impide que el 14 de julio sea escrita esta anotación en 22 el diario del capitán: "Mr. Williams y Badcock están muy débiles; la enfermedad ha adelantado mucho".

La partida va disminuyendo. Ese 28 de junio, Badcock muere. Estaba con Mr. Williams en uno de los botes y momentos antes de morir le llamó pidiéndole que le ayudase a entonar el himno: Levanta, alma mía, levanta, echa fuera tus temores

Seis semanas después murió Erwing, el carpintero de la expedición (el 25 de agosto); el 27 partió a la eternidad John Bryant, y el 2 de septiembre John Pearce. El 27 de agosto, Allen Gardiner, sintiendo próximo su fin, escribe a su hijo una carta de despedida; el 28 escribe otra carta dirigida a su hija, y el 29 una a su esposa. En la segunda escribe: “Confío en que la pobre ‘Fueguía’ y América del Sur no serán abandonadas. La semilla misionera ha sido sembrada aquí y el mensaje divino debe seguir”.

La muerte se cernía sobre ese campamento de héroes, pero en ningún momento la fe desapareció de sus corazones. Gardiner el 3 de septiembre escribe: “No puedo dejar el lugar donde estoy... no he probado nada desde ayer... Alabado sea nuestro Padre celestial por las muchas bendiciones que he gozado; una cama confortable, ningún dolor, sin sentir hambre, aunque excesivamente débil”.

El miércoles 4 de septiembre hace otra anotación en su diario que termina así: “Cuantas bendiciones estoy recibiendo de mi Padre Celestial. ¡Bendito sea su santo nombre!” El día 5 escribe un testimonio que es digno de transcribir: “Grande y maravilloso es el amor de mi bondadoso Dios para conmigo. Me ha preservado hasta ahora y desde hace cuatro días, aunque sin comida corporal, sin ninguna sensación de hambre y sed”.

Hay una hoja, encontrada en el campamento, rota y descolorida por la acción del tiempo, pero en su mayor parte legible, que lleva fecha del 6 de septiembre. Fue, sin duda la última nota que redactara el valiente Gardiner. Es una carta dirigida a Mr. Williams y está concebida en los siguientes términos:

“Muy querido Mr. Williams: El Señor ha visto a bien llamar al hogar celestial a otro de nuestra pequeña compañía. Nuestro querido hermano que se ha ido, dejó el bote el martes al mediodía y desde entonces no volvió; indudablemente está en la presencia de su Redentor a quien él sirvió tan fielmente. Todavía un poquito más y por la gracia, quizá podremos reunirnos en esa santificada reunión para cantar alabanzas a Cristo, eternamente. No tengo hambre ni sed, aunque hace cinco días que estoy sin comida. ¡Qué amor maravilloso hacia mí, un pecador! Afectuosamente, su hermano en Cristo, Allen F. Gardiner. Septiembre 6 de 1851”.

El hallazgo de los misioneros

En octubre de 1851, el pailbote John E. Davison, entra en la bahía Banner. Este velero ha sido fletado en Montevideo por el señor Lafone, representante allí de la misión anglicana, para surtir abastecimiento a los misioneros de la expedición de Gardiner. Según noticias que le son suministradas al patrón, el lobero norteamericano W.H. Smiley, éstos deben de hallarse instalados en algunas de las islas situadas al sur de la Tierra del Fuego. No bien fondeados en aquella abrigada caleta de la isla Picton, los marinos distinguen claramente, enclavado sobre una roca cercana a la playa, un trozo de madera cruzado por una cruz con el pedido de ayuda de los misioneros.

Al día siguiente del encuentro de este angustioso aviso, el John E. Davison zarpa para el destino señalado; tienen que surtir durante la travesía del canal una fuerte sudestada, a pesar de lo cual logran finalmente introducirse en la bahía Aguirre. Allí, al enfrentar Puerto Español – ensenada abierta en el rincón noroeste de la referida bahía –, los marinos alcanzan a ver en la orilla los topos de los mástiles de una embarcación, que se ven unidos por una rastra al parecer de banderas, pero que, luego de una más detenida observación, resulta ser ropa tenida. La primera visión es, así, doméstica y por tanto tranquilizadora.

Pero no bien se acercan en dos botes a la playa, les espera un espectáculo dramático en extremo: al lado de una gran lancha de hierro embancada en la desembocadura de un riacho yace el cadáver de uno de los misioneros, horrorosamente mutilado por los picotazos de las aves marinas, en quien reconocen a Pearce. Dentro de la embarcación está otro cadáver: es el del doctor Williams. Un tercero, que resulta ser el de Badcock, se distingue, semienterrado por las arenas, en la parte más alta de la playa.

Al otro día, los tripulantes del John E. Davison cumplen con el humanitario deber de dar sepultura a esos restos mortales. La ceremonia es tristísima. Pero no les sobra tiempo para acongojarse. En el mismo instante del entierro se levanta un imprevisto y vertiginoso temporal.

“Es cierto que los protestantes, aunque hermanos nuestros en el amor común a Cristo, pertenecen a una rama familiar que se ha distanciado. Pero no puede dudarse la honestidad intelectual de los misioneros de mi historia, ni de la profunda fe y el raro espíritu de su sacrificio que caracterizaron su labor. De ahí que merezcan todo mi respeto”. Armando Braun Menéndez.

Referencias

“Hasta lo último de la tierra”, Arnoldo Canclini.

“Pequeña historia fueguina”, Armando Braun Menéndez.

Sitio web Histarmar

 

 

 

 

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